Canto de amor a Mairena
No nací allí, lo hice junto al Guadalquivir, en Triana, mi madre pensó que me enorgullecería de mi partida de nacimiento, 21 años después, me da exactamente igual. Yo siempre fui mairenero, o mairenense, hasta ahí llega mi sentido patrio por mi ciudad dormitorio (la Brasilia del Aljarafe), que no sé ni cómo es el gentilicio. No teníamos calles bonitas o monumentos, para esas cosas había que coger el 150 y bajarse en San Telmo, donde a cada paso que das pisoteas adoquines con historia.
No era un pueblo bonito, tampoco era ya un pueblo. Jugábamos a la pelota en nuestro querido Parque del Nabo, desgraciadamente un vecino del Grinpis un día consiguió que cerraran el parque y dejó de ser para siempre el Parque del Nabo, pasó a ser una jaula postmoderna buenista donde nos obligaban a controlar las patadas que dábamos, Masía Style.
Al otro lado de la carretera San Juan (El West Point del Aljarafe) - Palomares estaba Simón Verde, donde vivían arquitectos, futbolistas y otras entidades de postín que luego frecuentaban el Tintín, posiblemente el tugurio más caro de Mairena, su dueño conducía un Ferrari Testarrosa y era el sujeto más chungo de Ciudad Expo.
Más allá estaba la ladera, inclusive un lugar al que llamaban “el coto”, donde los adolescentes maleantes se juntaban para drogarse y pelearse con vistas a Gelves y a Sevilla. Gelves era una carretera con club naútico y el estadio Municipal de San Juan, no tenía mucho que ver, ahora es lo mismo pero con más casas y unos cuantos bares más.
Mi zona de acción era el centro comercial Los Altos, uno de esos centros comerciales como los que ya no quedan, sin iluminación artificial, con plantas de verdad y tiendas curiosas. Su gran atractivo era el Sloopy (la mejor pizzeria de Sevilla, y doy mi vida a que del mundo) y los bares, especialmente el Enclave, no tenía nada especial, era soso, servían Cruzcampo allí donde parecía que había Estrella de Galicia y amontonaban los botellines del Kas junto a las mesas, pero tenían puerta al interior del centro comercial, y los Domingos podías pasearte rollo llanero solitario, tenía un encanto especial.
Aunque el centro de acción estaba en Ciudad Expo y el Macarena. Heladerías, pisos de gente con dinero, una Caixa, un club de tenis con locales para fiestorros, una rotonda gigantesca y al cabo de los años un centro comercial que se veía en el Aljarafe más que la Giralda en Sevilla, me extraña que el cubo del Metromar no sea ya patrimonio de la humanidad.
Vino el cine y vino el metro, y yo me mudé de bar, un parada más allá del cine y el centro de salud, al Clapton’s. Un pub con aire decadente donde actuaba gente desconocida y había dardos y servían la cerveza por pintas a 3€. Siempre podías encontrarte a tu profesor de filosofía o una señora mayor buscando jovencitos. Lo suyo era ir acompañado o podías verte acorralado en el WC por una mujer asfixiada en látex y 4 capas de titanlux en la cara. Pero la primera vez que me senté pusieron a Silvio y yo me enamoré de aquel lugar, sentía que era mi sitio.
Ya no queda nada que me interese de Mairena. Desde que me fui de allí el Clapton’s ha cambiado de nombre y ha perdido su esencia, el metro ya no es una novedad y hay dos bibliotecas, la nueva se llama José Saramago o algo por el estilo y está debajo de unas torres de lujo con hotel 4 estrellas que se ven más que el maldito cubo del Metromar ¿Y quién coño quiere alojarse en un Hotel 4 estrellas en Mairena del Aljarafe?
Ellos verán, yo ya me fui y desde entonces mi ciudad-dormitorio no es la misma. No es la misma desde que llegó el metro. Mairena tenía encanto cuando tenías que coger por huevos el 150 que te dejaba en San Telmo, otrora Generalísimo. Tiene guasa, pasamos de dictadores a santos y de autobuses a metros, lo que es la vida amigos.

